- La inteligencia no existe. Es una pamplina, una sandez, el mayor de los límites que un sistema de falsas creencias nos impone para acorralarnos en nuestras propias vidas, para que perdamos la capacidad de crear, de solucionar problemas, para hacernos incapaces, inútiles, zombis.
Aunque pudiera pensarse lo contrario y sin contexto previo, Juanlo no estaba excitado, ni movía las manos en anárquicos aspavientos cortando el aire irrespirable de aquel tugurio infernal que era la habitación de Glo.
- Nos hacen creer que en la historia ha habido grandes genios, incluso los incluimos en nuestro lenguaje coloquial “Claro, claro, es que ese se cree Einstein” hasta algunos, en círculos de lo que se autoconsideran intelectuales llegan a decir “se cree Albert” Pamplinas, pamplinas y más pamplinas ¡que no! ¡que no! La inteligencia no existe.
Se podría creer que ahora sí, que ahora Juanlo comenzaba a excitarse realmente, a cabrearse de verdad. Sin embargo, Glo lo observaba tranquila, serena,con un orgasmo entre sus piernas y la mano apoyada en el abdomen desnudo. Tan tranquila y serena como las palabras de Juanlo, cuyo orgasmo ya había abandonado la entrepierna.
En la habitación había un olor parecido a aquel que el lector pueda imaginar en función a la intensidad y circunstancias de su último encuentro sexual, puesto que este entre Juanlo y Glo había sido, simplemente, uno de tantos en los últimos seis meses.
- Exageras Juan, exageras. El otro día no parabas de explicarme frente a la marquesina que no hay dos átomos iguales, que no existe en medida alguna copia de nada, que es absolutamente imposible la repetición de algo. Que no puede ser que se diga que no hay nada nuevo ni lo vaya a haber nunca, cuando cada porción de existencia es nuevamente creada a cada instante ¿qué hay entonces de la inteligencia? Está Albert y también está tu pobre primo Alberto. Existe, claro que existe y es diferente en cada persona.
Como siempre Juanlo elevaba las comisuras de los labios ante las intervenciones de Glo. En realidad, no las elevaba él, sino su amor hacia aquel ser diminuto, de proporciones diminutas y sonrisa galáctica.
- Nos hacen creer que no podemos Glo. Todo, todos nos hacen creer hasta lo más profundo de nuestro ser que no podemos. Quien ahora esté leyendo nuestra conversación seguro no imagina ni por casualidad que conversamos sobre su mesa, desnudos, con olor a sexo y vino barato sobre unas sábanas limpias de amarillo. Por una parte, porque quien nos crea ha avisado del tugurio infernal que elegimos para nuestros encuentros esporádicos y por otra, porque no cree en su propia capacidad de construirse para construir. Me pregunto de qué servirá que quien nos lea se tome la molestia, si no tiene la menor conciencia de su capacidad de vivir.
Glo nos regaló una sonrisa galáctica y Juanlo cerró la puerta feliz, como él es. Y créanme si les digo que Juan lo es.